Plantaciones de árboles en África: ¿una usurpación coordinada de lo que queda del capital natural de África?

8 / 2008 at 1:52 pm 1 comment

En el pasado

Parece que durante cientos de años los países del Norte han visto al continente africano como una especie de minimercado al paso -en un principio principalmente para llevarse bienes exóticos y poco comunes, como piedras preciosas, metales preciosos, marfil, plantas y esclavos; y más tarde para llevarse productos más básicos, como minerales, alimentos, madera y petróleo. Ahora hay un renovado furor por la explotación de los recursos de África, esta vez apuntando a lo básico: suelo fértil, agua relativamente abundante y mano de obra barata, representada por la gente pobre de todo el continente.

La diferencia principal entre un minimercado y lo que le ha ocurrido a África es que el primero funciona sobre el principio democrático del acuerdo entre comprador y vendedor en un mutuo interés por la transacción y reconoce el derecho del dueño del negocio a quedarse con una ganancia justa. Sin embargo, en el caso de África, en gran medida se ha tratado de un arreglo unilateral en el que lo usual ha sido que las opciones del dueño del negocio -en este caso los países africanos- fueron dictadas por el lugar que ha ocupado con respecto al fusil -y que no ha sido el lado del gatillo precisamente. Las incursiones de shopping de Gran Bretaña y varios de los principales países europeos, con fuerte respaldo militar, dividieron a África en colonias que todavía siguen controladas en gran parte por sus antiguos dominadores.

¿Qué hay de las ganancias? Sin duda se hizo mucho dinero, pero parece que los países que fueron saqueados por sus riquezas naturales todavía no han visto mucho de esas ganancias, si acaso vieron alguna. En cambio, las ganancias se esfumaron de África en diversas formas: como “comisiones”, dividendos, honorarios de consultores, impuestos, derechos de importación, etc., o fueron exportadas bajo la forma de dinero en efectivo y acciones privadas por dirigentes corruptos y expatriados desilusionados.

Pero la causa más probable de esta situación es que las ganancias en realidad se obtuvieron fuera de África -a menudo a través de la subfacturación o el manejo inflado de tarifas entre compañías emparentadas, o también a través de otra serie de mecanismos que incluyen la manipulación de los mercados y los tipos cambiarios y, por supuesto el más favorito: instigar y apoyar guerras regionales que distorsionan los precios de los productos básicos y permiten a la industria armamentista mantener su negocio.

En el nombre del “comercio”, vastas zonas del paisaje africano fueron transformadas de ecosistemas prístinos en baldíos despojados y deteriorados. Desde la devastación de la minería de superficie en Namaqualand, hasta los montículos de los residuos minerales que rodean la ciudad de Johannesburgo; desde las cuencas erosionadas del interior del continente a los humedales y estuarios encenegados; desde las zonas desérticas de los cultivos malogrados en las regiones secas hasta los suelos envenenados de las plantaciones de caña azucarera en la zona húmeda costera.

Todos estos costos ecológicos, así como sus consecuencias sociales y demográficas, han sido considerados históricamente como el precio del “progreso”; una contingencia inevitable de la cual nadie puede ser acusado como responsable. Los basureros radiactivos de la extracción y el procesamiento de uranio; los pueblos y aldeas contaminados con amianto; los ríos y océanos contaminados por los subproductos generados por décadas de un procesamiento industrial primitivo de minerales, por los cultivos madereros y agrícolas como la caña de azúcar, cacao y sisal. Todo absolutamente gratis: ¡obsequio del “generoso” pueblo de África!

Los grupos culpables le dieron la independencia a sus colonias -y luego se salieron del lío que habían creado, ¡libres de toda responsabilidad de restauración, descontaminación o rehabilitación de las zonas que habían degradado o contaminado! Sin embargo tuvieron buen cuidado de no cerrar la puerta tras ellos, y con programas de ayuda financiera astutamente diseñados (apoyo al régimen político) se aseguraron de mantener abiertas para ellos las opciones de reclamar el acceso a los recursos de esos países.

El presente

En los últimos años, la demanda mundial de bienes de consumo ha aumentado drásticamente, impulsada por el creciente consumo dispendioso en los países ricos, junto con el poder adquisitivo de la población urbana en aumento en los países en desarrollo. África ha escapado en gran medida a esa tendencia destructiva, si bien la urbanización y el acceso a los medios de difusión han tenido el efecto de influir especialmente a los sectores más jóvenes a caer presa de la propaganda de empresas multinacionales que venden productos innecesarios y a menudo perjudiciales, tales como agua saborizada, cigarrillos, teléfonos celulares, bebidas alcohólicas y golosinas.

La demanda de materias primas básicas también ha crecido rápidamente en países como India, China y Brasil, lo que ha provocado una creciente competencia por los recursos disponibles. Algunos países ricos de la Unión Europea optaron por apoyarse en sus propios recursos y promovieron la expansión de las plantaciones de árboles y de cultivos para agrocombustible en su propia tierra como forma de asegurar la autosuficiencia futura de madera y agrocombustible. Al subsidiar la producción de alimentos en sus propias tierras agrícolas, los precios mundiales se depreciaron artificialmente, con lo que las importaciones de alimentos del Sur resultaron convenientemente baratas hasta hace muy poco.

Pero esto ha comenzado a cambiar drásticamente, en gran medida como resultado del efecto imprevisto de la pelea mundial por la tierra para producir agrocombustibles, si bien la situación es mucho más compleja que eso. Quizás no sea una coincidencia que los eventos de las últimas décadas culminaron en una situación en la que todo parece favorecer la codicia de los glotones de energía y productos básicos del Norte, mientras que los países africanos y otras naciones del Sur ven cómo succionan sus recursos a un ritmo cada vez más acelerado.

¿Y qué pasa con las plantaciones de árboles?

Si bien en África ya hay superficies considerables cubiertas por distintos tipos de plantaciones de monocultivos de árboles -entre ellas cacao, caucho, palma aceitera, coco, madera nativa y exótica, y varias especies para celulosa (especialmente eucalipto) -, recientemente irrumpió una nueva ola de plantaciones forestales. Pero esta vez es diferente en cuanto a que los objetivos de los nuevos proyectos son, ostensiblemente, para ayudar a enfrentar el cambio climático, que en el pasado no era un factor que estuviera presente.

Algunas de las nuevas plantaciones se supone que sirven como sumideros de carbono, consumiendo y almacenando carbono de la atmósfera para compensar las emisiones industriales del Norte, y con ello ganando créditos de carbono comercializables para sus poseedores. Lamentablemente esos mismos árboles serán culpables de desplazar otros tipos de vegetación y usos de la tierra que probablemente hubieran almacenado aún más carbono de lo que se hubiera esperado de la nueva plantación -incluso dejándola crecer indefinidamente y sin cortarla para convertirla en embalaje y papel barato!

Simplemente se añadirán nuevas plantaciones industriales de madera para celulosa a las ya existentes, para alimentar el voraz apetito de los consumidores ricos del Norte por más productos descartables -pañales, toallas sanitarias y distintos tipos de papel de uso doméstico para crear más emisiones de metano resultantes de los vertederos de basura; millones de toneladas de papel higiénico para volcarlas a los océanos y ríos; miles de millones de publicaciones de correo basura para pudrirse en desagües y alcantarillas, así como todo otro tipo de desecho de papel concebible.

La palma aceitera africana se planta principalmente en regiones tropicales, y la expansión de plantaciones de palma aceitera también provoca deforestación y degradación de la tierra. Si bien se ha identificado como una fuente potencial de aceite para la producción de biodiesel, la elevada demanda y mejores precios obtenidos de las industrias de cosméticos y alimentos aseguraron que la producción de biodiesel todavía no haya despegado en África. En la página web de Forests.org http://forests.org/shared/alerts/send.aspx?id=ivory_coast_oil_palm se informa que hay empresas, entre ellas Unilever, que pretenden establecer nuevas plantaciones de palma aceitera en Côte d’Ivoire.

Es el grupo de presión de la jatrofa para biodiesel el que promueve la conversión de superficies de tierra verdaderamente extensas a monocultivos de árboles exóticos. Ya hay miles de hectáreas plantadas o destinadas a plantación con esta especie de árbol anunciado con bombos y platillos. Si bien parece que en todo el planeta no hay una sola fábrica de biodiesel de jatrofa a escala industrial que funcione con éxito, este método de producir biodiesel ha cautivado la imaginación de gobiernos, empresas e inversionistas privados hasta el punto en que se ha convertido en la primera opción para numerosos inversionistas de proyectos de producción de agrocombustible. Pero esto ha ocurrido como consecuencia de una campaña minuciosamente orquestada basada en verdades a medias y mentiras, principalmente aducir que los árboles pueden producir volúmenes económicos de aceite cuando se plantan en tierras marginales, que no requerirán fertilizantes y que necesitarán muy poca agua. Otra de las mentiras más audaces sobre la jatrofa es que ayudará a “re-forestar” y a secuestrar carbono, y por lo tanto ¡debería calificar para los créditos de carbono! Todo indica que las plantaciones de jatrofa están ocupando suelos fértiles, desplazando a los productores de alimentos a tierras marginales que supuestamente eran para el cultivo de jatrofa.

Y luego ¡el príncipe de las plantaciones de árboles para el África del futuro! -los árboles de rápido crecimiento manipulados genéticamente, que supuestamente producirán biomasa que puede ser convertida directamente a bioetanol para alimentar las demandas crecientes de la industria del transporte vial en Europa. Aun cuando la tecnología todavía no se ha desarrollado plenamente y sus costos no se han cuantificado, aun cuando no se han creado los árboles transgénicos en el laboratorio, y aun cuando no se han identificado sus posibles impactos ambientales, ya hay signos de que los árboles manipulados genéticamente podrían superar a la jatrofa en cuanto a “popularidad”. Sin duda que en este preciso instante se están haciendo más acuerdos para obtener más tierras africanas.

Falsas definiciones y mensajes

Todos estos planes de inundar partes de África con plantaciones de árboles vienen acompañados de mentiras dichas por organizaciones que supuestamente tienen su reputación. El número uno de la lista es la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), cuyos esfuerzos sistemáticos por definir y representar equívocamente a las plantaciones como bosques ha contribuido enormemente al problema del aumento de la deforestación para dar lugar a nuevas plantaciones de árboles, y con esto el desplazamiento y empobrecimiento de comunidades locales afectadas. El Foro de las Naciones Unidas sobre Bosques (UNFF) ha contribuido al mismo problema y alienta activamente (engaña) a los gobiernos africanos a aumentar las plantaciones de árboles en sus países.

Otro es la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), que ha promovido el uso de las plantaciones de monocultivos de árboles como sumideros de carbono en el marco del Mecanismo de Desarrollo Limpio del Protocolo de Kioto. El UNFCCC también aprobó el uso de árboles transgénicos como sumideros de carbono, demostrando una total falta de consideración por los impactos negativos en la biodiversidad que podrían tener esos árboles.

El FSC (Consejo de Manejo Forestal) ha empeorado los problemas creados por las plantaciones de monocultivos de árboles certificando muchas de las peores como “bosques manejados responsablemente”. A pesar de la amplia evidencia de los problemas que existen en torno a la certificación del FSC, Greenpeace y WWF -entre otros- todavía apoyan y avalan el sello del FSC, lo cual provoca una situación en la que la mayoría de las plantaciones nuevas se justifican sobre la base de que el FSC ya certificó otras plantaciones similares como “sustentables”. Esto también tiene graves consecuencias para la expansión de las plantaciones de agrocombustibles porque el llamado “criterio de sustentabilidad” por el cual pueden certificarse los agrocombustibles en los hechos promueve la apropiación de tierras en África.

Y así el problema se agrava y la gente de África se empobrece más. Las empresas han asumido el papel de los gobiernos colonialistas, con una nueva forma de imperialismo que tiene aún menos en cuenta el ambiente y los derechos de las comunidades locales. Las plantaciones de árboles a largo plazo son la forma más efectiva de desplazar y desempoderar a la gente. Las empresas madereras monopolizan la tierra por un mínimo de 25 años; tres rotaciones de eucaliptos para celulosa encadenarán la tierra y el agua también por 25 años como mínimo. Se dice que los árboles de jatrofa ¡tienen una vida productiva de hasta 50 años!

Así que, ¿a quién le preocupa la crisis alimentaria?

Por Wally Menne,
Timberwatch Coalition, correo electrónico: plantnet@iafrica.com, http://www.timberwatch.org.za/

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